miércoles, 14 de mayo de 2014

Preocuparse bloquea la justa acción, por Emilio Fiel.


Somos especialistas en el dudoso arte de la preocupación. Tiene que ver con las dudas o prevenciones que una situación levanta en nosotros, pero a nivel popular preocuparse se traduce siempre como un temor negativo a los sucesos que pueda crear esa situación en concreto. Nadie se preocupa por la felicidad que está seguro le espera en un encuentro con su amada o en unas vacaciones paradisíacas que tiene perfectamente organizadas. La persona prevé que algo malo puede ocurrir que lo estropee todo. Ni siquiera se da cuenta de que proyecta su temor sobre esa misma situación que teme, provocando en la realidad que le rodea justamente aquella situación negativa que le preocupa.

E incluso proyectándola sobre las personas de su entorno, desconfiando de sus actos y creando situaciones de confusión y de engaño. ¿Sirve para algo preocuparse? Porque internamente todos sabemos que sólo podemos ocuparnos, que temer aumenta los riesgos de catástrofe, que dudar de las gentes es empujarlas hacia el error que tememos. Incluso el que se preocupa sabe que todo es ilusorio, que esos temores nunca suceden en la realidad, que su imaginación disparada sólo crea escenarios de ficción, pero siempre habrá algún detalle que justifique la citada preocupación.

Volvamos al sujeto. Lo que manifiesta el que se preocupa es un miedo sin resolver que late soterradamente en su vida, y toma como excusa cualquier situación externa. La preocupación nunca puede ser positiva y no manifiesta una mayor atención o interés por algo o alguien. No es verdad que quien no se preocupa sea un pasota que no se interesa por los amigos o por los riesgos de una situación. En realidad preocuparte por algo o alguien no te defiende de ningún enemigo o circunstancia aleatoria, ni siquiera eres capaz de percibir adecuadamente la realidad, lo único que tienes es miedo y eso nunca ayuda y nunca es justificable para quien quiere dirigir su vida hacia un camino espiritual. Y el miedo te encierra en un laberinto cerrado, una escena dolorosa que se repite una y otra vez, nacida del miedo y representada en tu mente. Los problemas no son reales, sólo son fantasmas evanescentes nacidos del temor que nunca te atreves a mirar cara a cara y falsean totalmente la percepción de tus sentidos y la sensatez de tu mente.


Fuente: Emilio Fiel (emiliofiel.com)

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