viernes, 25 de abril de 2014

Muriendo a cada instante, por Emilio Fiel.




Sin librarnos del miedo a la muerte no hay verdadera libertad, ni capacidad para disfrutar plenamente de la existencia. Todos los miedos (a la locura, al sexo, al amor, a la violencia ajena, al abandono) derivan de este miedo básico. Hay quien se acobarda ante estas situaciones citadas, pero también hay quien tira hacia adelante con cierta agresividad producida por su defensa ante el enemigo. Ambas reacciones son inconscientes, pero el segundo no se detiene, cuando siente la parálisis del temor se obliga a avanzar hacia la nube oscura que le aterroriza. Hay una tercera manera, más sabia, que es asumir el miedo como maestro que nos refleja con bastante exactitud, reconocerlo con todas sus consecuencias sin querer destruirlo, aceptando vivir peligrosamente y sabiendo que hoy es un buen día para morir.

La muerte ha muerto. Se ha convertido en nuestra amante más orgásmica, en la que nos disuelve de todas las limitaciones, de todo lo que es irreal en esta vida. Todo el que quiere vivir tiene que aceptar la disolución final, porque negarse a ella es negar la fuerza misma y la intensidad de la vida. Es hora de afirmar la libertad de querer vivir, de ser nosotros mismos, de disolver los fantasmas sociales que nos impiden respirar y afrontar la realidad cara a cara. Basta de caretas y de imitaciones para mostrar nuestro rostro verdadero. 

Hay que saltar fuera de las vallas que encierran lo que somos, fuera del academicismo y de la intelectualidad exacerbada. Los demás no pueden ser nuestro centro, por eso hay que correr el riesgo de ser rechazados y saltar fuera de las normas sociales y educativas.
Aceptarnos sin complejos, en su totalidad, al margen de lo que digan los demás para esconder su propia cobardía. Así el ego pierde su fuerza y el miedo a la muerte (que es el miedo del yo a abandonar el control y a disolverse) desaparece.

Somos hombres que vamos a morir y eso nos iguala sin remedio, simplemente hay quien no quiere verlo y quién mira cara a cara esta realidad y aprovecha cada instante que le queda para experimentar y crecer. Deja las cosas y los conocimientos y mira dentro de ti, así el miedo ni siquiera podrá nacer. Se hace lo que toca ahora y fin. La muerte es amiga ¿qué hay que temer? Ella es la única compañía que podemos encontrar un día a través del riesgo de vivir, así que mientras tanto avanzamos sin tregua. Nadie puede vencer a un fantasma inexistente, así que hay que hacer aikido con el miedo, sin huir nunca de su presencia, y seguir el paso marcado hacia el amor y la libertad. De otra manera el miedo nos persigue siempre desde la sombra y nos condiciona en cada momento.

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Fuente: Emilio Fiel (emiliofiel.com)

2 comentarios:

  1. Si nuestro "cerebro emocional" comprende y acepta plenamente ideas y realidades como las aquí expuestas, el miedo se convierte en un suave matiz sin capacidad de paralizarnos.

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  2. Lo que de veras te quita el miedo es tener la certeza de ser amado por Dios.
    Por cierto que no es una construcción propia y a piacere, lo que dará como resultado proveerse de esta situación.
    Ocurre cuando permaneces ante quien siempre llama!

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