lunes, 14 de abril de 2014

De pie y tumbados, por Susanna Tamaro.





En Italia, a la cabeza de los libros más vendidos figura uno de Michele Serra, 'Gli sdraiati' (literalmente, 'Los que están tumbados', editado en España como 'Los cansados' por Alfaguara), que habla de la generación actual de adolescentes. Este cambio antropológico (léase, la renuncia a la posición vertical en favor de la horizontal) me parece uno de los factores más importantes de los inicios del nuevo milenio. Y no es una metáfora, sino de una realidad confirmada por los ortopedas. Desde la irrupción en la vida cotidiana del ordenador portátil, la tableta y los teléfonos inteligentes, los niños y jóvenes con dolores de espalda son mayoría. Hace unos días, hablando con unos amigos de mi quinta, nos acordábamos de esas costras que lucían siempre en nuestras rodillas cuando éramos pequeños.


¿Quién no recuerda esa horrible agua oxigenada que nos ponían en las heridas? Los niños de hoy no saben nada de eso, bien porque no tienen hermanos, bien porque no los dejan jugar en la calle o en los patios. Pero el mayor motivo tiene que ver con la invasión de la tecnología, que ha arrumbado la idea de que el ejercicio es fuente de placer y crecimiento personal. Consecuencia de ello es una encuesta llevada a cabo en Italia por médicos especializados en deporte, que pone de manifiesto que el 70% de los niños no son capaces de saltar a la cuerda.

¿Qué significa perder la destreza y el gusto por el ejercicio físico? Perder una gran parte de nuestra riqueza como seres humanos. El placer de moverse, de dominar el espacio y de competir ha quedado relegado por algo virtual, subordinando el uso de nuestro cuerpo a la vista y a las manos. El hecho de desenvolverse en el mundo solo mirando y tecleando es una prueba inequívoca de que se trata de una habilidad intelectual, de inteligencia aplicada. Sin embargo, los neurólogos nos dicen que, al escribir a mano, activamos un extraordinario número de zonas cerebrales, mientras que pulsando el teclado el número se reduce al mínimo.

Me sorprende la facilidad con la que hemos renunciado a considerar a los jóvenes seres complejos que, para crecer y madurar, necesitan tener los pies en la tierra y caminar con la cabeza vuelta al cielo, como los árboles. Solo así el cuerpo y la mente pueden alcanzar un estado de equilibrio. Por el contrario, ¿a dónde nos lleva estar siempre acurrucados con la mirada fija en una pantalla? Nos lleva a una nueva dimensión de la humanidad, que se ve privada del contacto con lo real, pues la realidad se constituye de la sucesión de días y noches, de las estaciones, del trato físico con las cosas que necesitamos para vivir. Estar tumbados nos enajena de nuestra animalidad más saludable, de ese instinto natural que, durante millones de años, nos ha permitido sobrevivir y, a la vez, ha propiciado que nos relacionemos caminando siempre hacia un nuevo horizonte. ¿Cuál es el horizonte de los que están tumbados? Ni lo sé ni consigo imaginármelo.


Fuente: mujerhoy.com

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